26.10.08

El barco de la muerte

En 1922, Friedrich W. Murnau culminaba su particular versión del Conde Drácula con un largometraje considerado como una de las cumbres del cine expresionista alemán. Nosferatu el vampiro, solitario y siniestro, habita en su castillo hasta que, por diversas circunstancias, considera oportuno mudarse hasta Gran Bretaña con el afán de sorber la sangre de una hermosa joven inglesa.

En el periplo marinero que ha de conducirle desde los Cárpatos hasta las Islas Británicas, los tripulantes del velero se ven aquejados de una enfermedad que va diezmándoles paulatinamente, hasta quedar solamente Nosferatu como el único capitán del barco de la muerte.

Espantosa silueta de absoluta desolación y abominable paisaje que en poco podría parecerse (al menos en apariencia) al barco abortista que atracó en Valencia el pasado 16 de octubre. El triunfo de la cultura de la muerte se hace palpable y patente en esta circunstancia concreta, en la que de forma superficial y frívola, se despacha uno de los asuntos que más deberían escandalizar a las sociedades modernas: el aborto. Asesinato institucionalizado, crimen tolerado, el holocausto de nuestro tiempo.

Y lo es en su faceta más horrenda: pues se practica en aquellos seres humanos más indefensos, más débiles y más inocentes que pueda llegar a imaginarse. El niño no nacido es totalmente dependiente de la madre. Necesita de ella la luz, el alimento, la sangre. La vida. Y, sobre todo, el amor. Amor cálido y paciente que ha de culminar en el parto y prolongarse durante los años de la educación infantil y juvenil.

No es esta cuestión de religiones ni de ideologías. Es cuestión de vida o de muerte. De posicionamientos racionales frente a posicionamientos irracionales. No hay cabida para las medias tintas en asuntos tan diáfanos como el aborto, eufemísticamente calificado como “interrupción voluntaria del embarazo”.

En esta vieja Europa, de corazón duro, ha florecido la semilla del mal y de la destrucción, como campaba en el siniestro barco de Nosferatu. Pero también puede resurgir una concepción de la vida, positiva y sincera, que defienda al ser humano desde el primer momento de su concepción hasta su muerte natural. En nuestras manos está poder alcanzar ese objetivo.

7.10.08

La mirada


Contemplo su imagen y su rostro, perfilado y profundo. Con la diestra me bendice. A todos nos bendice.


En su mirada mezcla la curiosidad infantil, que aún conserva, y la sabiduría inmensa que pesa en sus años de docto profesor, sapientísimo maestro de teología y de moral.

Pero ahora es mucho más que eso. Es el padre, el pastor y el maestro. En los surcos de su cara envejecida se encuentra la gravedad del cargo que ostenta con mano firme y bondadosa. Dulce, decidido, austero, recio. Hijo de Baviera, Obispo de Roma.


De la católica y melódica Baviera. Amante del genio de Mozart y de los gatos callejeros. Tímido y elegante como ellos. La música de los siglos brota de su frente y de sus sienes. Arrugado, pero no marchito. Con tanto dentro que ni aún con tres siglos bastaría. Su cerebro portentoso nos ilustra cada día. Pontífice que enlaza este mundo con el otro. Príncipe y servidor, humilde y cercano.

Sí. Es él. Joseph Ratzinger. El sabio. Benedicto XVI. El Papa. Sí. Es él. Es Pedro. Quien nos mira -te mira- y nos -te- bendice.


Y que por muchos años así sea.

Non praevalebunt!