2.4.07

El regreso

Siete años después y parece que fue ayer. Algo más que ayer, pues en el teatro no hay tiempo ni espacio, sino contemplación, magia y sentimiento. Mi etapa como actor aficionado ha visto en las últimas semanas una restauración fugaz, pero agradable y entrañable. No sólo por el excelente ambiente compartido entre los compañeros de reparto, sino por la misión encomendada: dar vida a los personajes de la Pasión de Cristo, y hacerlo con la suficiente seriedad como para que el mensaje cale en los espectadores el día de la representación. Una tarea importante.

Siete años después giro la memoria para recordar a mis antiguos compañeros de teatro. Algunos hoy son amigos; otros no tanto, pero perviven no obstante nutriendo la nostalgia de los tiempos jóvenes. Recuerdo también las tardes -¡y las mañanas!- de sacrificados ensayos en el salón de actos y el gimnasio del instituto. Las risas, los enfados, las discusiones y las reconciliaciones. El nerviosismo, los preparativos, el vértigo ante el escenario, y un cierto cosquilleo segundos antes de encenderse los focos. Algo que sólo puede saber quien ha estado ahí. Por eso estuve ahí. Y por eso he vuelto.

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